Venus tatuada a oscuras *
(Relato completo)
No sabría explicar cómo la sombra de una flor contiene el espectro transitorio de la lluvia que nos moja de improviso, pero es lo que siento cuando el sol entra por la ventana, mientras mis párpados resisten con la pereza de saber que un ratito más resulta tan tibio como la lujuria sosegada, esa que luego prendería impetuosa al alcanzar los bosques del alma con un pétalo que perduró en la respiración cuando nos habíamos rendido entre la ropa de cama y los peluches. Tampoco sé cómo las madrugadas meten mano en los sueños y dejan la impresión de haberse entretenido en unos ojos todavía rebeldes a la transparencia fósil de la luz que descubre las íntimas arqueologías que conserva mi cuarto. Tal vez el perfume que se desvanezca ante los espejos me desconcierte, o me venza el silencio con que la intimidad procura los presagios y luego ya no exista sino en la ilusión de cuanto tuve al alcance: ella. Aún guardo intacto el lazo que olvidó en mi cama, el lazo cuyos pliegues imitan su pelo enredado sobre las sábanas, adversarias de premuras. Aún libero a diario pájaros fugaces que anidan en la lámpara donde encerró su ausencia cuando se marchó a oscuras, en medio de una manada de caballos que se dispersaron al murmurar su nombre entre la polvareda de la desesperación que me dejó sin voz para tantos elogios como iban a ocurrírseme…
No sé cuántas veces sonó cuando descolgué el teléfono. Ni tampoco sé por qué lo descolgué, casi con admiración y pequeño desagrado, estados desequilibrantes que me contrarían y me impulsan a tomar una decisión de la que en ocasiones suelo arrepentirme enseguida. Tengo examen, respondí sin que se me notara la evasiva, tras un saludo vago y el insospechado esmero de ahuyentar soledades. Queda la noche, dijo. Entonces recordé la sombra que desapareció conmigo a la luz de otros anhelos, cuando me dio la espalda donde dejé mil vidas en el suspiro que atravesó mi alma a oscuras. Y te llevarás la noche, repliqué con ánimo de que colgara antes que yo. Pero fuimos incapaces, o quizás cómplices de un silencio confidencial que sabíamos no tardarían en romper las palabras. El pasado también se compone de las ausencias que acumulamos por circunstancias que en ocasiones nos arrastran, repuso, te esperaré donde sabes. Y lo dijo con la certeza de que no iba a ser decepcionada, esforzándose para no despedirse con un beso, una debilidad suya que al teléfono a mí me parece tan poco delicada como bastante inelegante. Pero su vocación traidora, irresistible como la seducción en la que la transformaba su voz, era tan reprobable como cuando me hablaba desnuda a través del espejo. Esa distancia libidinosa que en la perspectiva trazada por mi sitio en la cama, en la que solo veía la espalda desnuda, significaba un adiós. Sentí, por lo demás, que el tiempo perdido en los desencuentros acaso se recupere en los desenfados, espoleados por la disculpa, afectada o no, de sutiles arrepentimientos, otra manera de probar que el amor daña los sueños incumplidos... Esos a los que con una pizca de rabioso optimismo y algo de graciosa malicia, conjuramos en un ambiente de silencio que es a la vez el tiempo de la nada y las ausencias, y los contamos luego con la astucia que supone darlos por perdidos en una carcajada.
—Vamos, levanta —mi madre golpeó la puerta como cada mañana: dos minutos después de que la hiciera saltar su despertador—. Venga. Deja de contemplar las musarañas. Llegarás tarde a la facultad y allí el tiempo no es un regalo que pueda desenvolverse en la cama. Siempre apuras al último autobús y cualquier día te quedarás en tierra, Raquel.
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